domingo, 15 de agosto de 2010

Bajo El Farol De París

Otra historia más :) ayer me inspiré y escribí esto medio chafa...again .__.
No tuve el valor para hacer lo que en un principio quería. Me dio demasiada pena x'D. Ahí entenderán a qué me refiero.

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La noche era serena, oscura en las calles de París, apenas aquel farol sobre la escalera iluminaba el pasaje neblinoso por el que su persona transitaba. Sus claros ojos recorrían las viejas y húmedas piedras, sus tobillos enfundados en zapatillas deportivas rodeados del vapor de las alcantarillas, sus cabellos castaños húmedos por el agua condensándose entre aquellas madejas suaves. Débil, vulnerable. Solo.
Paso a paso subió los escalones, ignorando los ruidos nocturnos. Ruidos que podían ser gatos, o los espíritus de la abadía a un lado, esa de la cripta enorme y venerable, arcaica, en donde habían sepultado a los Roulete. Los vampiros. Y donde se decía que las apariciones eran cosa de lo más frecuente, sobre todo en las noches en que la luna se desvanecía en un suave dosel de nubes, siendo un foco cubierto de espuma evanescente. Como la presente. Y el muchacho no pudo evitar cubrir su cuello con la gruesa bufanda que llevaba.
Pero la escalera estaba cerca, la reconfortante luz del farol sobre su cabeza, y la oscuridad reinando en cada recodo, en cada sombra de un edificio, en cada rincón a un lado del escalón que pisaba. Y tembló. Tembló por los vampiros en parte, porque Jean Roulete se levantara al oler la sangre tibia de sus venas. Pero también por seres más tangibles y quizá más inclementes. Un hombre alto y de negro que le cubriría la boca con un trapo, y quizá qué pasaría luego. Y más que nada tembló por frío, porque la niebla se pegaba a sus brazos cubiertos con una tela ligera.
La música era una buena solución temporal, una gran banda gritaba en sus oídos intentando ahogar los ruidos nocturnos que podían o no venir de la abadía cuya pared rozaba a un lado de la escalera, o bien podían ser los gatos en los basureros, o el hombre de negro con su trapo. Pero al mismo tiempo se sintió desprotegido, porque bajo la música se filtraba el silencio nocturno.
Pero el farol fue clemente con su persona, permitiéndole un respiro al acabar por fin de arrastrarse temblorosamente por los escalones. Miró hacia atrás un momento, aliviado de no ver a ningún Jean Roulete ni hombre de negro. Sólo niebla, fría niebla oscurecida por la noche sin luna. Y un suspiro se escapó de sus labios, un suspiro que resonó en los callejones vacíos, en los oscuros pasillos de la abadía, en la cripta venerable y justo fuera del círculo protector de luz que otorgaba el faro. El preciso lugar en donde una figura se entreveía en las sombras.
El muchacho de ojos claros casi saltó y cayó hacia las escaleras, pero se contuvo de demostrar pánico. Decidió hacer como si aquella forma imprecisa no existiera, como si no fuera una figura alta, amenazante, fuerte. Más fuerte que él. Y quiso correr, gritar, hacer muchas cosas, ya que sus ropas negras eran lo que le hacían casi invisible en la noche oscurecida por las nubes. Pero no lo hizo, paralizado de miedo o consecuencia de un hechizo, lo que fuera no era agradable. Y la luna hizo una breve aparición estelar, destellando cuando las nubes fueron más débiles. Y un fulgor fenomenal y hermoso surgió de aquellos ojos ocultos en las sombras, pero no rojo como los de un Drácula ni maníacos como los de un pervertido. Sólo el bello resplandor azul de las estrellas.
Sin embargo, cuando la luna desistió ante sus imbatibles enemigas, la figura desapareció, así como el pánico del muchacho. Era claro que debía marcharse, algo que iba más allá del miedo temblaba en su interior, instinto de presa quizá. Y se volvió, con toda la intención de correr, de alejarse de la abadía, de la escalera y de aquel débil farol, de aquella silueta imprecisa y de ese fulgor obsesivo. Pero no llegó a dar un paso, atrapado por un par de fuertes manos que sujetaron sus brazos firmemente, aunque libres de violencia.
El muchacho sólo atinó a temblar. Las manos frías subían por sus antebrazos, llegando a sus hombros y provocándole un misterioso cosquilleo, algo que no era pánico. Era placentero. A pesar del miedo, un leve suspiro sonrojado escapó de sus labios cuando las manos rozaron su cuello delicadamente por sobre la bufanda, haciéndole estremecer. Y finalmente alzó la vista, obligado por aquellas manos tan gélidas y gentiles, suaves como la hoja de un cuchillo por así decirlo.
Inmediatamente fue atrapado por un brillo que no era humano. Un par de ojos de un color tan oscuro que podría ser negro, aunque el destello efímero y azulado indicaba algún tono de este color, como la noche misma. Un poema eran aquellos irises perfectos, un cielo estrellado, una noche en el océano, el guiño amistoso y atrayente de la purpurina sobre el vestido de terciopelo azul de una dama hermosa y delicada. Hermoso y evanescente eran buenos adjetivos para lo que veía. Al respirar, otra sorpresa. El más dulce aroma que hubo llegado a conocer, suave, apenas existente, pero al mismo tiempo intenso. Impregnaba el aire entre sus rostros, y era indefinible, inclasificable. Varonil y suave a la vez, como sus manos firmes sobre sus mejillas.
Y a pesar de todo, una palabra llegó a su mente. Roulete. Y la alarma creció de nuevo en su interior, ya que esa piel pálida, esa belleza ultraterrena y unos colmillos que asomaban en su sonrisa perfecta le indicaron el peligro del que ya era tarde para escapar, lamentando no ser supersticioso y no llevar un crucifijo, ajo, lo que fuera encima.
El hombre frente a él dejó caer las comisuras de sus labios finos, desapareciendo su sonrisa. Casi parecía decepcionado ante su pánico, por cómo su corazón parecía un pájaro asustado golpeando las paredes de su jaula para escapar. Soltó su rostro suavemente, no sin antes acariciar levemente sus mejillas con los pulgares, haciendo que su miedo se esfumara, cayendo en un ensueño sin ningún sentido aparente. Y mientras el hombre daba media vuelta para irse, no pudo evitar tomarle desde el borde de su ropa, suplicante. Necesitaba más de su aroma, por más que luego se arrepintiera de pensar eso siquiera, sonrojándose aún más.
Rápidamente, aunque aún con gracia, aquel tipo se volvió hacia él, su rostro reflejando molestia ante su actuar. Le miró serio, algo amenazante, consiguiendo que el muchacho frente a él volviera a cohibirse, retrocediendo ligeramente. A pesar de lo cual logró sonreír levemente, como disculpándose.
Roulete, o quien fuera, frunció el ceño. Un ceño que incluso arrugado, continuaba siendo perfecto. Al parecer no se esperaba un actuar tan desinteresado. Se acercó lentamente, agachándose hasta quedar frente al joven, mirándole a los ojos y volviendo a esparcir su esencia varonil entre ambos, antes de bajar lentamente, casi rozando sus labios con los propios, acariciando su barbilla con ellos, llegando a su cuello mientras de un fluido movimiento retiraba su bufanda, apoyando sus cálidos y húmedos labios justo sobre la yugular…
Un breve gemido escapó de la garganta del muchacho, rápidamente acallado. Esperó un segundo más, deseando con fuerza que aquellos colmillos que había entrevisto perforaran su piel, haciéndole sonrojar, sentir aún más placer. Echó su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, ofreciéndose. Pero Roulete no continuó, retrocediendo y mirándole aún ceñudo. Ante lo que el joven volvió a sonreír avergonzado, inculpándose.
El hombre suspiró, al parecer aburrido. Le dio unas palmadas en la cabeza, conciliador e indiferente, antes de dar media vuelta una vez más, bajando por las escaleras justo hasta donde estaba antes, el joven bajo el faro lo intuía. Desaparecería tal y como había aparecido, esperando, quizá, a otra persona, alguien menos débil, alguien menos tímido, alguien más temeroso y que impusiera más resistencia quizá. Más alimenticio, pensó lógicamente, sorprendiéndose y alarmándose de tomarlo con tanta naturalidad.
Sin darse cuenta caminó hacia él, quizá para reclamar por el ataque que le pertenecía por derecho, no era tan débil como para ser desdeñado de esa forma. Roulete bajaba rápidamente, pero él también podía acelerar el paso. La oscuridad que envolvía los escalones no le asustaba, uno tras otro, sus pasos despertando ecos, su respiración también, así como su exclamación al perder pie en las húmedas rocas.
Un crujido se oyó al impactar su pecho contra el borde del escalón de roca, un golpe seco al impactar su espalda. Una serie de boqueos y leves gritos acompañó al estruendo. Intentó aferrarse de alguna forma al piso, pero sólo consiguió más dolor cuando su hueso se astilló en un borde traicionero. Sus uñas se resquebrajaron, sus huesos se partieron, su antes adorable rostro se amorató, su nariz respingada se quebró. Y como un muñeco inerme, dando sus últimos y agónicos respiros, quedó tendido al pie de la escalera, de espaldas, observando el cielo a través de sus párpados ensangrentados.
De sus ojos cayeron lágrimas rojas, y de haber tenido más fuerza y conciencia habría dejado escapar leves sollozos. Su brazo torcido en una posición extraña dolía, no sentía la mitad de su cuerpo y de su labio escapaba un leve hilo de sangre, uniéndose al manantial que manaba de sus heridas. Se ahogaba en su dolor, en su propia sangre, jamás volvería a ver la luz del sol, sus amigos, su familia, su vida que se extinguía. Y ahora moriría solo, joven, con sueños por cumplir.
Sin embargo, sin un ruido de pasos que le sirviera de advertencia, un hombre que le resultó familiar apareció ante sus ojos que insistían en cerrarse. Le miró con aquella fría seriedad, desde su elevada posición hacia el patético e irónico fin de su existencia. Se agachó a su lado, acariciando su mejilla una vez más y logrando inducirle aquel ensueño una vez más, mientras aún luchaba por respirar y no cesaba de llorar. Como si Roulete le tuviera compasión, de su juventud y de su belleza eclipsada por el fin, de su sangre débil y de su pequeño cuerpo quebrado.
Bajó suavemente con sus manos, rozando su piel y adormeciendo sus heridas. En poco tiempo pudo respirar con mayor facilidad, sintiendo la curiosa sensación de ser un muñeco desarmado, pero al menos ahora cada latido no era espantosamente doloroso. Roulete enderezó su brazo, corrigió sus piernas dislocadas, presionó los huesos astillados hasta que volvieron a sus respectivas posiciones. Y volvió a su rostro joven, enderezando su nariz, acariciando sus mejillas abultadas con su tacto frío, limpiando la sangre color escarlata de su labio y lamiendo luego su dedo, probando aquella sangre suave que había desdeñado. Y descubriendo que era sabrosa, pero no por su grosor o por la fuerza de su poseedor. Era un joven lleno de felicidad, de sueños, de esperanzas, cuya vida llegaba a su fin. Y por ayudarle, por acompañarle en su dolor, se hacía dulce para él, como si inconscientemente quisiera agradecerle.
Le sonrió al fin al chico, deslizando sus dedos fríos por los cabellos desordenados y húmedos por la sangre. No había salvación para él, su cuerpo quebrado estaba a punto de convertirse en una carcasa vacía sin alma, pero al menos podía acortar su agonía. Además, era curiosamente como un pájaro diurno. La vida nocturna le destruiría, alejado de todo aquello que amaba y consideraba bello. Y sus venas debilitadas no soportarían la transformación. Así que hizo lo más humano, irónicamente, que pudo ocurrírsele.
Tomó al pequeño de la barbilla, alzando su rostro ahora menos hinchado gracias a sus frías manos haciendo presión. Vio cómo él se estremecía a pesar de todo, rendido ante sus encantos terriblemente potentes. Se acercó a su cuello en un comienzo, pero antes de hacerlo alzó el rostro rápidamente, ya que decir con brusquedad habría sido faltar al espíritu de su elegancia. Y depositó un beso en sus labios entreabiertos, probando una vez más su manantial de delicias exclusivamente suyas.
Acarició sus cabellos, acariciando su boca pequeña y fría con la propia, haciendo que los sentidos del joven se fundieran en un placer omnipresente. Olfato, gusto y tacto se deleitaban con el roce de Roulete, olvidando las heridas y el miedo a la muerte, suspirando apenas lo que podían soportar sus dañados pulmones, y su corazón se aceleró un poco, maltrecho y a punto de detenerse. Y sonrió mientras volvía a suspirar una última vez, el hombre bajando por su barbilla nuevamente, acariciando con sus labios la piel sensible y suave de su cuello, el joven estremeciéndose y levantando el rostro para indicarle que estaba listo.
Y con una sola incisión, implacable y gozosa por parte de ambos, Roulete acabó de drenar al más pequeño, sus ojos celestes vidriosos ahora contemplaban el cielo sin verlo. Su vida joven tomada injustamente por siempre en el cuerpo inmortal del otro hombre, su inocencia acabada por un capricho del destino por siempre en el corazón de Roulete.
Y se dice que desde entonces, desde que el cadáver blanco y seco de un joven adolescente fue encontrado justo bajo el farol de la escalera, quebrado, muerto por un desafortunado incidente que llorarán siempre sus familiares y amigos, las apariciones en alguna abadía parisina han aumentado. Quizá qué nos podrían decir que realmente pasó esa noche las dos sombras que suelen aparecer justo fuera del círculo de luz de cierto farol en cierto callejón, una oscura y misteriosa como la noche, otra brillante y bella como la juventud, que a final de cuentas resultó no ser tan débil como Roulete había previsto cuando la vislumbró por primera vez bajo aquel farol de París. Pero, muy probablemente y a menos que nuestra alma demostrase ser digna, aquellas dos siluetas serían lo último que viéramos en nuestra vida.


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