Lamentablemente no es Surrender e__e no puedo seguirla...creo que tendré que borrar lo poco que llevo del segundo capítulo y comenzarlo otra vez, porque no me convence para nada el tipo de narración, diferente y un poco menos oscuro que el del primero.
esta es una historia nueva y muy curiosa *-*, que lleva por título el nombre "Símil". Ojalá que les guste~
Esas manos que siento mías y que rozan lo prohibido son las únicas que logran llevarme al extremo, siempre fue así y nunca logré darme cuenta, cuando eran mis manos las que rozaban mi ingle y lograban hacerme estremecer, siempre pensando en ti, incluso cuando eres tú el que me toca. Y una bocanada de aire agónico, salido quizá de mi boca o de la tuya, consumiendo el silencio bajo las sábanas cuando me abrazas o me imagino que me abrazas.
Y en el colegio me asusto cuando nos miran mal, sé que nos condenan al averno en el momento que una mirada suspicaz separa nuestras manos entrelazadas bajo la mesa. El contacto tan sencillo pero tan íntimo, tan necesario al mismo tiempo notar tus dedos torpes entrelazarse con los míos. Y no tengo miedo de ir al averno, sino de que esa puerta a tus espaldas se abra de golpe y la mirada acusadora de papá ponga en evidencia nuestro crimen imperdonable, cuando el roce entre nuestros cuerpos perfectamente simétricos nos lleva a esa sensación febril y culpable, placentera y tan deliciosa y sancionable.
Quizá es egoísmo, la frialdad que me consume y el fuego que bulle dentro, individualismo y el puro gusto de que mi reflejo de ojos grises recorra mi cuello con delicadeza y devoción, dejando un rastro húmedo de besos y lamidas traviesas, juegos al principio, cuando éramos sólo una perfecta simetría, llenos de pasión y desenfreno ahora que el espejo estalla en mil pedazos y tu aliento cálido no es una ilusión del vaho en el vidrio.
Ambos lo supimos cuando nuestros labios se encontraron y el mundo se escandalizó, en ese parque remoto y apartado donde por primera vez dejé de no ser yo el chico aquel. Tú éramos nosotros, no sólo un vano reflejo, en el último segundo antes de que con un sobresalto simétrico y mimético logré identificar todas las maravillosas tonalidades grises dentro de tu iris, no el verde puro de los míos, hilos de acero, oscuros e inclementes, deslavándose en el centro de brillante y delicada plata justo antes de desembocar en el punto oscuro de tu pupila, y tus dedos inquietos continúan con el descenso, tu mirada gris desaparece del mundo, de mi mundo, y un sonido rápidamente sofocado lacera el silencio, sofocado por tus labios, ansiosos, rápidos y prudentes. Sujetas, presionas, acaricias, besas, miras, miramos, besamos, acariciamos.
No siempre sé si tú juegas o amas, o juegas a amar conmigo. Así como tampoco sé yo mismo cuál es mi intención al juguetear con lengua, mientras el mundo deja de tener sentido en ese plácido rincón del parque. El pasto está húmedo, nos manchamos las ropas al tiempo que nos manchamos el alma, notando gozosos lo bien que combinan y se unen como piezas nuestros cuerpos. Y quienes dicen que deberíamos haber sido uno, no entienden el arte de nuestros encuentros, el morbo de tocar el propio cuerpo, el nudo en el alma que significa la ausencia, la separación.
Y esa muchacha te mira desde el rincón justo a un lado del pizarrón, te marco como mío con una mordida en el cuello y más ruidos hieren al pasivo silencio bajo las sábanas, pero su mirada no se desvanece, disfrutando, quizá, mi dolor al saberle tuya. Le gustas. ¿Qué harás? ¿Me dejarás? El roce de tus caderas, ese que nos hace temblar de goce hasta lo más íntimo y delicado, siempre uno mismo, moviéndonos como uno, no alcanza a dejármelo claro. Porque le sonríes a la chica, me sonríes a mí y ridiculizas mis temores con un beso dulce y suave como tu carácter, oculto y recóndito como nuestra habitación, el parque, bajo la mesa del colegio, nuestro refugio que somos nosotros mismos.
Y una vez más caemos en ese círculo vicioso, espiral creciente quizá, de culpa, temblores, placer, roces, más goce y al final culpa. ¿A caso estamos enfermos? Es un crimen. Pero me siento sano. Y sé que tú también te sientes, sano, completo. Y el gris y el verde se mezclan en un suspiro al unísono, en aquel clímax en el que se nos escapa el alma, y ya nada importa, porque todo se mezcla a su vez. Culpa, goce, ira, celos… ¿Cuánto nos falta para llenar los siete? No ha de ser mucho, pero mis dedos no están para contar ni mi boca para enumerar. Y me entrego al placer morboso de lo prohibido, más ruidos acallados en labios ajenos, tan iguales a los míos en el momento que somos uno. Porque me siento completo, no el alma dividida y fría de siempre. Somos un individuo, uno que exhala al unísono, de vuelta al vientre del cual llegamos juntos y fuimos expulsados por separado. No quiero volver a la culpa, ¡me niego habiendo llegado tan lejos!, pero la cumbre del placer es desesperadamente breve.
Y volvemos a ser dos. A disgusto te separas de mi cuerpo, pero me abrazas. A disgusto me escondo del mundo en tu pecho. Y nuestros latidos coordinados se aferran el uno al otro, tal y como tus brazos a mi cintura. ¿Estamos enfermos? ¿Lo estoy por quererte más allá de lo permitido? ¿Lo estás por corresponderme? ¿Es un crimen querer ser uno, volver a serlo, para siempre?
Y el golpe de una mirada acusadora separa nuestras manos bajo la mesa del colegio. Y vuelves a ser mi reflejo, del que me aferraré culpable una y otra vez.
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