jueves, 13 de mayo de 2010

Surrender Nº1

Bueno, siguiendo el ejemplo de una buena amiga mía, empezaré a publicar una historia corta en este blog. Lo he tenido un poco abandonado, pero espero que de esta forma vuelva la actividad a esta cosa :)
No está inspirada en nada, ni es realmente un fic. No sé qué es. Así que supongo que es una historia original xD. Se centra en un chico de aproximadamente 16 o 17 años, él es gay asumido y su familia literalmente casi no se entera de su existencia. No se sabe mucho de él además de vagas descripciones de su aspecto físico y de su carácter, pero lo vemos sumido en una historia bastante trágica.
Por otro lado, tenemos a un joven algunos años mayor, que al parecer realmente quiere conocerlo más a pesar de la barrera emocional que el más pequeño impone. No usé nombres ni descripciones claras, y aún está en proceso creativo, pero creo que lo acabaré pronto y será algo complejo y un poco fuerte por los temas que trata.
Lo escribí con la canción Heaven's Not Enough de Yoko Kanno, cantada por Steve Conte del OST de Wolf's Rain, y aquí les dejo un videito supongo :)



Sí, ya dejé de dar la lata *-* y pueden comenzar a leer xD


o+o+o+o+o+o+o+o+o

Le rogó a los cielos, a quien fuera, que escuchara sus plegarias, o lo que fuera que estuviese haciendo. Mientras los pasos suaves y algo torpes de su acosador particular resonaban en el vacío pasillo, realmente rogó porque con aquello se acabara todo ese molesto asunto. Ya el hecho de esquivar a su hermano, completamente borracho en el sillón de la entrada, había sido un reto, pero estando papá fuera de casa las cosas se hacían un poco más simples. Aunque no era que éste se preocupara mucho de a quién traía a casa o se llevaba a su habitación.

Al voltearse se topó con su ya habitual sonrisa idiota, mirando con curiosidad las vacías paredes del pasillo y el marco descuidado y desconchado de su puerta. Frunció los labios en una mueca, apartando la vista antes de abrir y hacer entrar a su acompañante a tirones en la húmeda habitación.

El frío de la calle se colaba en su habitación, pero haciendo caso omiso a esto se quitó su abrigo negro y largo revelando su ajustada ropa habitual. El otro joven, por otro lado, sencillamente le miraba con expresión confundida, ladeando levemente la cabeza como un perro curioso. Como un perro. Eso le parecía que era a veces, cuando lo atrapaba siguiéndole por las calles y esperándole a la salida de la escuela las veces que iba. No lo comprendía. ¿Por qué ese interés insano en algo de tan poca importancia?

Se quitó las muñequeras, mostrando un segundo sus venas flageladas en tardes de soledad. Y el joven frente a él hizo el ademán de tomar sus manos para examinarlas. De más está decir que, nada más contemplar el rostro ceñudo del menor, desistió de su intento, aunque aún miraba preocupado los movimientos de sus manos de uñas pintadas con esmalte negro y sus brazos repletos de arañazos y moretones que ni él mismo lograba explicar.

Retiró la melena de cabello sucio de su cuello un segundo, luego de quitarse un chaleco negro y grueso de encima, mostrando las marcas de succión típicas de un adolescente precoz. Eran muchas y de variadas tonalidades, lo que indicaba la frecuencia con la que eran hechas nuevas marcas en su piel pálida. Todo aquello grabado en la retina del joven frente a él, quien, sentado en la cama del extremo derecho de la habitación, no atinaba a moverse siquiera.

Finalmente le miró directamente a los ojos, clavando sus vivaces orbes en los pálidos de su acompañante, mientras comenzaba a desabrochar su pesado cinturón. Pero justo en ese momento, el hechizo de inmovilidad abandonó al otro joven, quien le tomó con suavidad de sus manos apartándolas de la hebilla. Al fin volviendo a sonreírle con naturalidad. Y el menor era incapaz de entenderlo.

Le miró con extrañeza, abriendo mucho sus claros ojos, pero componiendo luego una mueca molesta. Si no quería hacerlo de nuevo, entonces ¿Por qué insistía en complicarle la vida? Entornó la mirada, molesto una vez más, mientras de un golpe apartaba las manos más grandes de las suyas. E hizo la pregunta que surcaba su mente desde hacía tres semanas, el tiempo que aquel individuo tan extraño llevaba siguiéndole los pasos.

— ¿Qué quieres de mí? —preguntó bruscamente, inclinándose hacia él y arrojando un ligero aroma a vodka y tragos dulces en su aliento. Ya no quería más dudas, ni fingir que no lo notaba. Comenzaba a hastiarse de aquel juego de un enfermo obsesivo que sigue a su inerme presa. Él no era inerme. Había crecido sólo y debilucho, y se había encargado de eliminar lo segundo paso a paso. Ya no era débil, ahora era un rey. Por su cama habían pasado más de la mitad de los muchachos atractivos de su barrio, y varios más de lugares lejanos de Los Angeles. Doblegaba a quien fuera con sólo un par de palabras y un par de tragos. Y poco y nada le interesaba un polvo más que uno menos.

Pero ante su mirada de enojo, el otro joven continuó sonriendo, algo más nervioso y menos entusiasta que antes. Acarició el dorso de su mano levemente, con ternura, dándole un matiz más suave a su sonrisa a medida que las manos del menor, antes empuñadas por la ira, se relajaran entre las suyas. Al constatar esto, sin embargo, el muchacho apartó la vista y retiró sus manos con brusquedad, colocándolas en sus caderas y frunciendo el ceño aún más.

—hice una pregunta, inútil. ¿Qué mierda quieres de mí? —pronunció con lentitud, como si el joven fuera retrasado. Y eso era lo que pensaba. Pero a pesar del insulto, el insultado suspiró brevemente sin dejar de sonreír con ternura.

—Nada en realidad—se encogió de hombros, dejando reposar sus manos que antes tomaran las del menor sobre sus rodillas. A pesar de lo que este le miró con desconfianza.

— ¿me tomas por imbécil? —siseó bajamente, manteniendo los dientes apretados y entornando la mirada. —. Todos, siempre quieren algo. ¿Qué, a caso quieres traerme un ramo de rosas? ¿Salir a tomar un helado? ¿Ir por un parque como un par de reverendos idiotas tomados de la mano? ¡Responde maldita sea! —arrojó una de sus muñequeras, lo más cercano que tenía a sus manos, hacia el pecho de su ofensor. ¿Por quién le tomaba? Hacía tiempo que había renunciado a esos sueños idiotas que los chicos de su edad tenían, tanto esos de coger con alguien diferente todos los fines de semana (porque ya lo había cumplido) y esos llenos de ingenuidad de encontrar alguien con quien compartir su vida más allá de los diez o veinte minutos que tomaba uno casual. No tenía tiempo ni paciencia para aguantar al mismo idiota más allá de ese plazo, en el que debía ser de lo mejor si quería significar más de cinco segundos de recuerdo posterior.

Pero como si no se enterara de su frustración, como si no fuera obvia la razón de su enojo, el joven volvió a sonreír. —en ese caso…sí me gustaría salir contigo. Me gustas, de verdad quiero salir contigo.

Pero aquello fue más de lo que su paciencia pudo soportar. De una bofetada borró su sonrisa imbécil, empuñando luego ambas manos a ambos lados de su cuerpo mientras apretaba los dientes con frustración. Le tomó de su chaqueta, acercando su rostro al suyo y dirigiendo su mirada al centro de sus pupilas, sabiendo que no había quien lograra resistir su mirada.

—y después, ¿qué? ¿Te gusta juguetear con la comida antes de comerla? Los tipos como tú no valen la pena. Ya tuviste lo que querías, te divertiste cuanto quisiste aquí, en esta misma cama. Y ya no quiero volver a verte. —le espetó con lentitud, imprimiendo odio en cada una de las sílabas que caían de sus labios.

Pero ni eso logró que el joven cejara en su obstinación, frotando el lugar en donde le había golpeado el chico pero mirándole seriamente ahora, hasta que su solemnidad fue quebrada por su ingenua e idiota sonrisa.

—no quiero nada más de ti, solamente que salgas conmigo—alzó una mano tiernamente, acariciando la mejilla del más pequeño, quien temblaba quizá de nerviosismo, o quizá de ira. — ¿podríamos…conocernos? ¿Hablar? Quiero saber cómo te ha ido en la escuela, cómo van las cosas en casa…no solamente venir aquí y encerrarnos en tu habitación—al no haber respuesta, se acercó lentamente hasta rozar sus labios, sólo una vez con suavidad. ¿Cómo demostrarle que no mentía si no? Porque él no creía que fuera un sin remedio, no quería escuchar lo que le gritaban a su alrededor y lo que él mismo le decía. Así que le tomó desde su nuca hasta acercarle una vez más, moviendo sus labios, humedeciendo los del menor y esperando alguna respuesta, incluso una negativa. Y esta no se hizo esperar mucho.

Esta vez fue un empujón, uno lleno de rabia, o al menos así lo demostraba su mirada. Dejó escapar el aire entre sus dientes apretados los unos contra los otros, en un bufido frustrado y hastiado de cosas que no llegaba a comprender. Volvió a empujarle, dándole un tirón luego para que se levantara de su cama y empujándole una vez más hacia la puerta de su habitación. No hablaba, sólo respiraba agitadamente y gruñía con genuina rabia.

Le guió a empujones por el pasillo, a pesar que el otro joven avanzaba sin oponer resistencia. Aún así le arrojó contra una pared, dándole con el hombro para que no se detuviera. Finalmente, con ambos brazos logró sacarlo de la casa por la puerta de calle, cerrando de un portazo y dejándose deslizar un segundo por esta hasta acabar sentado en el suelo, calmando su respiración y su temperamento.

Una vez más calmado, retrocedió hasta el baño del pasillo, diciéndose a sí mismo que necesitaba enjuagarse la cara para pasar el mal rato. Ignoró al otro habitante más o menos regular de la casa, quien le gritó algo que no alcanzó a comprender. Probablemente que le llevara otra cerveza.

Pero al llegar y dar el agua, tomándola en el hueco entre sus manos, vio un distorsionado reflejo que reconoció como el suyo. La dejó caer entre sus dedos, alzando la vista hasta el empañado y sucio espejo frente a él. El delineador negro marcaba aún más sus ojeras de resaca al moverse de su sitio junto a sus ojos, resaltando su palidez casi tanto como su cabellera rojiza. Distraídamente pasó sus dedos por esta última, arreglando ese flequillo que usaba hacia un lado hasta posicionarlo en su lugar original, ya sin recordar hacía cuánto tiempo no lo colocaba de aquella forma. Tomó un cepillo, olvidado a un lado del sanitario y pasando sus finas hebras entre su cabello, que inmediatamente se alisó y perdió sus nudos de días, e incluso semanas de total descuido. Despejó su ojo izquierdo, viendo por primera vez en mucho tiempo su rostro simétrico y sus dos ojos verdes clavados en los suyos propios, brillantes y de un color definido a pesar del tenaz enrojecimiento. Parpadeó un par de veces ante la imagen, deslizando sus dedos entre las hebras de cabello liso una vez, desde la raíz hasta la punta, hasta que oyó un grito desde la sala que logró sobresaltarle.

— ¡oye maricón afeminado! ¡Deja de hacer cosas de nenas y tráele a tu hermanito una cerveza…!—oyó una lata estrellarse contra la puerta del baño, por lo que suspiró antes de bajar la vista y volver a encorvarse como antes, su cabello cayendo hacia un lado y cubriendo su ojo izquierdo mientras volvía a fruncir el ceño. Si no lo hacía no podría garantizar que no le delatara a su padre que había llevado otro hombre a casa. Y ya que estaba seguro de que habría más, necesitaba contar con el silencio de ese inútil.

Y fuera la nieve caía sobre los cabellos rudos de un joven que se negaba a rendirse…


trucos blogger

2 comentarios:

  1. Ehhh hola?.
    Estuve un rato navegando por internet y mira con lo que me encontre...
    Tu historia me parece muy buena y la recomendación igual las canciones de Yoko Kanno son amor *o*.
    Estare esperando con ansias a que la sigas ^^, ya quisiera yo escribir así.
    besos~.

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  2. :)
    hola! ps muchas gracias! yo también amo a Yoko Kanno, aunque suelo acabar triste luego de escuchar canciones suyas x'D
    bueno, he andando un poco floja porque escribí el final de esta historia para la clase de lenguaje, y no dejo de pensar en ello y me traba para seguir .__.
    aún así, espero poder seguirle luego, porque le tengo cierto cariño al personaje principal, a pesar de lo mala que soy con él x'D
    Nos leemos!

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