domingo, 17 de enero de 2010

Penas de Política

Llevo aproximadamente un cuarto de litro de helado de chocolate que ha desaparecido de mi garganta. ¿Penas de amor? más o menos. La verdad, las mías son penas de política.

La sociedad me partió el corazón, creí que cambiaría, que pensaría un poco antes de votar, pero no fue así. Me decepcionó una vez más la banalidad de la gente, que sea tan obtuso su pensamiento y su estrechez de miras. Es verdad, con asco se votó por Frei, una concertación soberbia fue lo que sacamos por confiados, pero ello no justifica el retroceder lo poco (sé que es desesperantemente poco, pero es un avance) que hemos avanzado desde el retorno a la democracia.

Y sigo fagocitando crema y cacao, tengo pena. Si me lo permiten, me iré a tomar un trago con mi familia o algo así. Es un día negro para la democracia, y lo irónico es que el esforzado trabajador que será explotado por 4 años celebra a la par del que se hará millonario en el mismo período de tiempo. Los que amasan fortuna celebran a la par de aquellos a cuya costa abarcarán más capital. El niño que nada en el estanque celebra junto a las sanguijuielas que succionan su sangre.

Todo esto se me hace como una pesadilla desagradable, pero sé que aunque me duerma luego de purgar la pena en chocolate y combinados al despertar estaré sumida aún en el "cambio". Pero, amigos míos, no hay que elegir un cambio sólo porque te dice esa palabra. Hay que ver si el cambio es para mejor. Y para los que sufren penas de política como yo, les digo que este martírio sólo será por 4 años. Después de todo, la gente no es tan tonta como para no notar los cambios desfavorables dichos con palabras bonitas y buena dicción (y papa en la boca). La derecha ya ha esperado 20 años para comerse su trozo del queque, y su ansiedad por poder y fortuna les recordará a los no pensantes por qué no hay que dejar que lleguen a la Moneda. Pero por ahora, ya es tarde.

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